LA TARJETA POSTAL: HOMBRES DE MAR.

Hola a todos.

Hoy, con esta entrega de tarjetas postales, quisiera hacer un pequeño homenaje a una de las profesiones más duras que existen, a los marineros.

LA TARJETA POSTAL: HOMBRES DE MAR.

“El trabajo dignifica a las personas”

En plena faena.

En plena faena.

Cita que algunos la ponen en boca de Carlos Marx, aunque seguro que es mucho más antigua y pienso que, con toda seguridad, sería un arrebato de algún acomodado burgués. Esta conocida frase que, dicha así sin más, nos puede parecer muy acertada, sin embargo también ha suscitado grandes debates y enconados enfrentamientos dialécticos. Por ejemplo, para entendernos rápidamente, no se podría aplicar esta frase si la persona está trabajando en condiciones manifiestas de explotación o esclavitud. Vamos, que cuanto menos esta famosa cita necesitaría de alguna pequeña matización: que si el tiempo de trabajo, las condiciones de trabajo, el trato personal, etc. Pero, en fin, si la queremos aceptar como buena desde un punto de vista global o como frase hecha, aun así, tendríamos que indicar que, en cualquier caso, hay trabajos que dignificas más que otros.

Hombres de la Armada.

Hombres de la Armada.

Pues bien, si ahora mismo quisiera mencionar algún trabajo que nos parezca en extremo digno de todo nuestro respeto y admiración, a bote pronto, mencionaría dos: el de minero (ya lo trataremos con todo el cariño que se merece en otra futura entrega) y el de marinero. Hoy nos apetece compartir con vosotros una serie de viejas postales ilustradas dedicadas a los Marinos (con mayúsculas).

Los Hombres de Mar, ya sean pescadores, marina mercante o marinos de la Armada, siempre ha suscitado en nosotros una sincera admiración y un grandísimo respeto, como ya he dicho. Tienen fama de hombres rudos y duros, de los de dar de comer aparte, pero en general son de carácter noble, sincero y honesto; como no puede ser de otra forma: La Mar se lo exige. También en estas postales que hoy compartimos observamos en ellos cariños y ternuras extremas con sus seres queridos, que tal vez son el contrapunto de equilibrio necesario a las fuertes tensiones emocionales que a veces les exige el oficio. Por momentos, se nos muestran tan humanos, tan llenos de ganas de vivir y de ser felices que los sentimos muy cercanos a nosotros y, por esto mismo, no podemos más que confirmar y aumentan el gran respeto y admiración que nos infunde su oficio.

Un buen día.

Un buen día.

Una madrugada cualquiera, después de tomarse un vigorizante orujo en la taberna del puerto en compañía de sus camaradas, se embarca encomendándose a todas sus vírgenes y santos, y juntos se adentran en el imprevisible e inmenso mar océano sin mirar atrás. Durante horas, días, meses, siente su insignificancia humana y en complicidad y hermandad, afrontarán todas las inclemencias que el cielo les quiera “regalar”; cada uno a lo suyo, en silencio, con arrojo y resignación, pues “a golpe de mar, pecho sereno”. Intentarán en todo momento realizar su trabajo lo mejor que saben para regresar a la seguridad del hogar lo más pronto posible, con las tareas bien hechas, la satisfacción del deber cumplido y la paga más que ganada; de haber vencido una vez más el atávico temor al abismo oscuro y  a los cantos de sirenas. De nuevo, en casa, les espera todo lo que han estado añorando: su Virgen, la esposa, los hijos, la novia, los amigos y sus inquietudes más personales pero, sobre todo, la tranquilidad que da la segura y estable baldosa. Ahora bien, siempre queda en lo más profundo de su alma una etérea comunión entre él y el mar que es muy difícil de explicar con palabras, una especie de latente dualidad espiritual de amor y odio,  y que, en todos los puertos del mundo, le hace sentirse orgulloso de su arriesgado oficio y a la vez le imposibilita cualquiera probabilidad de plantearse renunciar, ni en sueños, a volver a la mar una y otra vez. Decididamente, creo, los hombres de mar son “de otra pasta”.

¡Virgen del Carmen!

¡Virgen del Carmen!

No sé por qué, me suelo imaginar muchas veces al cansado pescador, al rudo marino, a su llegada al muelle, que se vuelve al océano y, con una sonrisa en la cara, le habla con confianza pero con altanero orgullo, como el que habla a un viejo amigo: “Adiós Mar, te doy las gracias por tu respeto hacia mí en esta ocasión, por no haberme zarandeado mucho y permitirme volver a casa sano y salvo y…hasta pronto, ¡jodido cabrón!”.

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