MI CINE (III): DIEZ PELÍCULAS SOCIALES (O SOCIALISTAS).

Hola a todos.

Hoy seguiremos con otra tanda de muy buenas películas.

MI CINE (III): DIEZ PELÍCULAS SOCIALES (O SOCIALISTAS).

“Lo fascinante del cine es colocar al espectador en posiciones morales en las que nunca estuvo”. Alex de la Iglesia, director de cine español (1965- ).

 

La fábrica de los sueños.

La fábrica de los sueños.

Ya sé, estaréis pensando, pero duende ¡otra vez una entrega de películas sociales! Pues sí. Me explico. He oído muchas veces la conocida frase: “yo voy al cine a pasármelo bien y no a que me cuenten problemas y temas tristes o a que me enseñen imágenes duras y dramáticas. Yo quiero divertirme y pasármelo bien”. Esto está bien. Es un punto de vista correcto y una de las más importantes facetas del cine: la de entretener de forma suave, alegre y desenfadada. Pero si el cine se limitará a esta faceta, a las actuaciones de luchadores y acróbatas como Bruce Lee, Chuck Norris, Steven Seagal o Arnold Schwarzenegger, o a la búsqueda del chiste fácil y vulgar (por no decir, en muchos momentos, soez y de mal gusto) de la serie del Torrente, o a mostrarnos los más populares y repetidos tópicos patrios como en Ocho apellidos vascos, por ejemplo; si el cine se limitara a este tipo de películas, estaríamos lamentable y estúpidamente cercenando en gran medida todas las enormes posibilidades que esta maravillosa industria nos ofrece. Pues, en mi opinión, es en ese otro tipo de cine de autor, comprometido, valiente, el cine de la denuncia o el del la enseñanza, dónde alcanza la auténtica, mayor y mejor calidad humanística el Séptimo Arte. Frente a aquél otro cine de trivialidades y pasatiempos desenfadados de fin de semana (al que yo no le niego su razón de ser recaudadora y reconozco lo atractivo y democrático que resulta para un gran público), existe ese otro cine de los grandes directores y actores que se implican hasta el agotamiento y el perfeccionismo por contarnos historias útiles, aleccionadoras y enriquecedoras. Y, la verdad, este duende se siente en la obligación de recomendar algunas de esas grandes películas antes de tocar otros géneros y otros temas más livianos. Por esto os ofrezco otras diez magnificas películas Sociales, cívicas, comprometidas y, me atrevería a decir, socialistas. Sí, socialistas, pues en sus argumentos uno quiere descubrir un poso del pensamiento generoso, de justicia social, de actitud progresista, que anida en las actitudes socialdemócratas. En fin, ojalá os guste mi selección y podáis coincidir un poco con mis gustos y comentarios. Aunque, lo que nunca voy a aceptar es que alguien dude de la extraordinaria calidad y sinceridad de todos estos directores y actores de la selección que os ofrezco. Sus trabajos podrán gustar más o menos, llegarnos al alma o apenas rozarnos la epidermis (entre otras cosas, porque algunos humanos la tenéis de paquidermo), pero lo que es indudable e innegable es la enorme talla profesional de todos ellos. Para mí, duende agradecido, siempre serán inolvidables y muy admirados profesionales. Bueno, con la mejor de mis intenciones, ahí va eso…

 

 

1/ Tasio.

 

Director: Montxo Armendáriz (1949- ).

Año: 1984.

Nacionalidad: España.

Duración aproximada: 95 minutos.

Principales Intérpretes: Patxi Bisquet, Amaia Lasa, Isidro José Lozano, Nacho Martínez.

 

Comentario: Esta magnífica película es además un autentico ensayo audiovisual de etnología sobre el pueblo vasco. La película tiene como eje argumental la vida de Tasio. Nuestro personaje se nos mostrará desde su niñez, con un carácter despierto e inteligente, pasando por su etapa de muchacho (que se gana sus pantalanes largos por su atrevimiento y decisión), hasta sus etapas de hombre enamorado y hombre maduro. Pero Tasio es uno de esos humanos que todos desearíamos tener por amigo. Su carácter es el de un hombre orgulloso, independiente, noble e indomable. Tal es así que, cuando va descubriendo la sufrida servidumbre a que te condena el trabajo asalariado, se niega a perder su libertad de hombre montaraz. Preferirá, desde muchacho, continuar con el antiguo, duro y peligroso oficio del padre, carbonero, y seguir así una vida autónoma para ganarse la vida en el monte produciendo carbón, pescando o cazando furtivamente, bien para comer o para trapichear con pieles. Una personalidad que no ambiciona una vida de lujos o la seguridad que representa un trabajo dependiente  y estable en la ciudad, quiere ser él mismo, vivir la libertad del monte y tener lo suficiente para llevar honestamente su casa y su familia, porque “el pan no viene solo a la boca”. Dicen que el mundo lo mueven los ambiciosos y seguramente será así, pero este duende piensa que, gracias a los Hados, no siempre es ese el carácter humano. Hay personas que no se desviven en sus existencias por consumir, poseer, enriquecerse o compararse continuamente con sus semejantes, que no les nace explotar o engañar a los demás por sus ansias de destacar o de riquezas desmedidas, que defienden, sobre todas las cosas, su independencia, sus buenas costumbres, su honestidad, su familia y su libertad. No son la mayoría de las personas, desde luego, son unos pocos; la mayoría suele sucumbir a la comodidad y adaptación que impone la avaricia y el egoísmo que imperan en las sociedades desarrolladas. Por eso a este duende le gusta mucho este film, porque está muy bien que, de vez en cuando, nos muestren esos nobles e indomables caracteres humanos, y porque, aunque sea en una idealización de cine, siempre nos gusta admirar y visualizar estas bellas y muy bien contadas historias de humanidad. Aprovecho para recordar que, en nuestro apartado de tarjetas postales, ya subimos un artículo repleto de bellas imágenes dedicadas al País Vasco y, cómo no, reiteramos de nuevo nuestro cariño y admiración por este hermoso país y sus nobles gentes. Para terminar, me gustaría decirles a todos esos hispanos intoxicados y nacionalistas ibéricos exaltados que siempre están hablando mal de los vascos, de las gentes vascongadas (que los hay, unos cuantos todos los meses), que vieran esta estupenda película. Así, creo, callarían de forma inmediatas sus chismes y malquerencias y empezarían a mirar con cierta mayor admiración y respeto a todos los Patxis, Iñakis, Antxons, Tasios y compañía. Por cierto, a modo de despedida, a todos ellos, ¿os hacen unos Txacolíes en compañía de este duende amigo?

 

 

 2/ El declive del imperio Americano.

 

Director: Denys Arcand (1941- ).

Año: 1986.

Nacionalidad: Canadá.

Duración aproximada: 101 minutos.

Premio destacado: 1986 – Nominada al Oscar a la Mejor Película en Lengua Extranjera.

Principales Intérpretes: Dominique Michel, Dorothée Berryman, Louise Portal, Geneviève Rioux, Pierre Curzi.

 

Comentario: “La historia no es una ciencia moral”. Con esta lapidaria frase comienza esta maravillosa película. Se trata de una película filosófica, de pensamientos y reflexiones. El director se apoya en un grupo de intelectuales, profesores de universidad, y en la división por sexos (la mayor parte de la película vemos al grupo de hombre y al de mujeres separados, en sus actividades alejadas, y en abierta y franca charla, esa franqueza que nos da la confianza y la tranquilidad de las gentes amigas y muy conocidas) para meditar y reflexionar sobre temas transcendentales de la vida: el matrimonio, el machismo, la homosexualidad, la insatisfacción femenina o el masoquismo (“el poder de la víctima”), la infidelidad o la prostitución. Hay muchas frases reflexivas para enmarcar en esta película: “el valor de la mentira”; “El amor, ese de dar flores y pasión ciega, dura dos años; después queda el compromiso”; “Al reconocer nuestra propia mediocridad, caemos en las tentaciones: el vicio viene con la edad”, o “La historia trata siempre mucho mejor al vencedor que a los vencidos, pues nos gusta más oír hablar de los vencedores que de los derrotados”.  Casi todo será cuestionado y motivo de sus distendidas charlas sexistas. Nada será respetado ni omitido, ni el Papa, ni Carlos Marx o Sigmund Freud (menos mal que de Caravaggio hablan bien). Seremos testigos de pensamientos que normalmente se inhiben en nuestras reprimidas conciencias pero que ahora se nos muestran con total libertad y desparpajo, ¡con una claridad que aturde! Muchas personas piensan que la moral cristiana no es la única deseable (algunos duendes nos atrevemos a pensar que ni siquiera es la mejor de las posibles) y esta buena película nos ilustra sobre esos otros conceptos, más intelectuales y tolerantes, de moralidad. En esta película se nos dice que el declive de los imperios se suele atisbar en el mayor egoísmo y deseo individual de bienestar y felicidad de sus ciudadanos, que se traduce en una clara relajación de las conductas morales (de aquí el título de la película), y que “a título personal no se puede detener este declive, nosotros sólo lo podemos frenar”. Eso sí, se puede ralentizar desde el conocimiento y la educación, y siempre siendo conscientes de que “la lucidez implica depresión”. En fin, que los humanos no podéis  renunciar a lo que sois, aunque hay que reconocer que ser un Homo Sapiens conlleva ciertos inherentes riesgos intelectuales y emocionales. Cuando se pretende cuestionar los cimientos de gran parte de los valores morales de las sociedades desarrolladas, cristianas y capitalistas, no basta una única película, por esto este film tuvo una magnífica segunda parte de la que hablo más adelante en esta misma entrega.

 

 

 3/ Adiós, muchachos.

 

Director: Louis Malle (1932-1995).

Año: 1987.

Nacionalidad: Francia.

Duración aproximada: 104 minutos.

Premio destacado: 1987, 2 nominaciones a los Oscar, Mejor película extranjera y mejor guión. León de Oro en el festival de Venecia en 1987.

Principales Intérpretes: Gaspard Manesse, Raphael Fetjo, Francine Racette, Philippe Morier-Genoud.

 

Comentario: Maravillosa y humana película. Estamos en el año 1943 en la Francia ocupada por los alemanes, es la Francia de Vichy. Julien Quentin, muchacho de unos 13 años, y su hermano mayor se despiden de su madre en la estación del tren para acudir al internado escolar de la orden de los Carmelitas: San Juan de la Cruz. Como todo internado religioso dentro de sus vallas se respira la dureza y la disciplina más exigente que a la fuerza choca con esos caracteres libres y revoltosos de los chicos de esa edad. Todos los días, desde que te levantas hasta que te acuestas, el evangelio y los rezos están presentes en todo momento pero con el agravante de los tiempos de guerra: penurias y escaseces que se traducen en hambre, frío, trueques de subsistencias, pequeños robos para trapicheos, etc. El internado está dirigido por un hombre bueno y valiente que de forma personal se salta las directrices de la cúpula de la iglesia católica de su época, mucho más neutral, transigente y cobardemente acomodaticia. Ese personaje destacado es el padre Père Jean, que se propone enseñar a los chicos “el buen uso de la libertad” (siempre desde el punto de vista de la libertad que posee un monje, claro) y que ofrecerá su internado para ocultar en él a varios niños judíos. Él sabe que, en su internado y por las circunstancias del momento, se pasa hambre, frío y algunas otras penurias inevitables, pero él las pasará como uno más y su consuelo es que “hay otros muchos franceses que lo están pasando mucho peor”. Uno de estos niños judíos refugiados, Jean Bonnet, pronto establecerá una gran y sincera amistad con Julien y esta amistad será el eje argumental de la película y que le sirve al director, a Louis Malle, para recordar momentos importantes y decisivos de su propia biografía. Al final del film, una mirada inocente de Julien será la causa que descubrirá de manera indeseada a su amigo ante el agente de la Gestapo; una mirada que recordar ya toda su vida, se le quedará grabada en su conciencia como un tatuaje imborrable en la piel, una mirada que marcará para él la línea que le lleva de la niñez a la edad adulta. En la escena final, mientras los niños están formados en el patio y el cierre de la escuela está ya decidido, ven pasar al padre Père Jean y a Jean Bonnet junto a otros dos chicos más camino del encierro y la muerte, los chicos gritarán “adiós, padre Jean”, y él se volverá y les devolverá el saludo: “adiós, muchachos”. Esta última frase, que da título a la película, encierra de manera magistral, metafórica y breve ese cambio determinante e impreciso por el que todo humano pasa en su vida: el cambio de niños a hombres, de la conciencia alegre y protegida a al ser adulto, singular, consciente, responsable, inseguro y temeroso. Extraordinaria película que nos habla de la sinrazón de los fanatismos y del horror del fascismo más salvaje e inhumano. Sólo por eso ya vale la pena recordar esta película, para que nunca más los humanos (los estados, los políticos, los ejércitos, la iglesia, etc.) cierren los ojos y transijan ante la inhumanidad más infame y despreciable, como ocurrió en aquella ocasión, que todos sientan la necesidad de combatirla desde los más leves brotes de intolerancia, autoritarismo y represión interesada. Porque ya se sabe: “los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla”.

 

 

 4/ Lloviendo piedras.

 

Director: Ken Loach (1936- ).

Año: 1993.

Nacionalidad: Gran Bretaña.

Duración aproximada: 90 minutos.

Premio destacado: En 1993, Premio Especial del Jurado en Cannes.

Principales Intérpretes: Bruce Jones, Julie Brown, Gemma Phoenix, Ricky Tomlinson, Tom Hickey.

 

Comentario: Ken Loach es, en opinión de este duende, el mejor director de ese cine social de denuncia  y compromiso progresista. Sus estupendas películas nos hablan de temas lacerantes que afectan y sufren las personas en las imperfectas sociedades desarrolladas, y este largometraje de ahora toca un asunto por desgracia de rabiosa actualidad en la España de hoy día: el paro. Ya recomendamos en otra entrega del apartado mi cine la magnífica película de Los Lunes al Sol que trataba sobre este grave problema, pero antes, mucho antes, todos pudimos concienciarnos del drama del paro en esta maravillosa película inglesa. Bob y Tommy son dos amigos en paro prolongado que todos los días salen a buscarse la vida y conseguir algún ingreso ocasional para llevar adelante su paupérrima situación familiar, y no siempre lo harán dentro de la legalidad vigente. Bob es un buen católico (“pero, padre Barry, Dios no trae trabajo ni da comida”) al que se le presenta una necesidad personal agravante para su precaria situación económica: su pequeña hija Coleen va a tomar la comunión. Con este sencillo argumento el director nos hará ver y sentir de manera clara y cruda el auténtico drama social del paro y la precariedad laboral. Problema que lleva a personas buenas y válidas a perder su propia estima personal y a niveles de desencanto y desesperación que los empuja a la explotación o al delito. Hoy día en España el gobierno de derecha del señor Mariano Rajoy ha puesto en vigor unas “soluciones liberales” para intentar buscar rápidos remedios al paro: Abaratar los despidos, recortar los plazos que dan derecho a los subsidios de desempleo, promocionar el trabajo basura y precario (de formación, creo que se llama ahora), congelar la oferta de empleo público, suprimir interinos y sustituciones, recortar en investigación y becas, etc. Consecuencias: hoy hay más desempleados que cuando llegó al gobierno (más de 4.500.000 de parados, más de un 25% de la población activa), las asignaciones presupuestaria para subsidios de desempleo han bajado y siguen bajando (más de 1.900.000 personas que no cobran ningún subsidio) y, en general, la situación del paro se ha agravado considerablemente (cerca de 2.000.000 de hogares tienen a todos sus miembros en paro). Y, la verdad, no parece que tengan solución inmediata a este grave problema, más bien parece que únicamente les preocupa, sobre todo y exclusivamente, reducir las estadísticas de paro. Es decir, que el desencanto de los parados los empuje a no renovar su inscripción en las listas del paro o a propiciar que los jóvenes se vean obligados a exiliarse fuera de España en busca de trabajo. A este duende le da toda la sensación de que, este gobierno de derechas, ha asumido que hoy día sobran la mitad de los españoles en esta piel de toro. Y mientras tanto, su partido reniega de su encarcelado tesorero, destruye discos duros reclamados por la justicia, la secretaria del partido intenta burda, atropellada y ridículamente justificar los sobres de dinero opaco (despidos en diferido y ese tipo de estupideces varias que hay que oír de manifiesta militante clueca atolondrada), se reduce las partidas de subsidios de desempleo y, eso sí, se mantienen enormes ayudas para adquisición de artículos de primera necesidad, como renovar el automóvil, por ejemplo; hay millones de parados pero muchos miembros políticos cobran dos o tres sueldos cada mes (porque yo lo valgo); en suma, aumenta de manera clara y acelerada la desigualdad social y esto se hace en contacto con el más descarado despilfarro (copa América, carreras de Fórmula 1, parques temáticos deficitarios, varias costosas visitas del Papa o congresos sibaritas de partidos políticos, etc.) y en medio de la más obscena opulencia de una aristocrática clase económica que no padece sacrificio alguno ni, lo que es más lamentable, se les exige (mientras que, en líneas generales, en España el consumo ha bajado, no ocurre así con ciertos artículos de lujo cuyo consumo ha aumentado). Y, para terminar de indignar al pueblo, cuando se le pregunta al señor Rajoy por estos asuntos, un personaje tan preparado, sincero y educado, no duda ni un segundo, rápidamente te deja perplejo diciendo que de casos Gürtel, sobres opacos, tesoreros de partido, de corrupción y políticos imputados o de discos duro, él no sabe nada de nada… pasemos a otros asuntos o la próxima rueda de prensa será sin preguntas. ¡Patética y cínica clase política de derechas! Esta maravillosa película de Ken Loach debería de proyectarse de forma obligada en todas las sedes del partido del señor Rajoy para ver si, de una vez por todas, se enteran que el paro no son únicamente cifras y estadísticas que les sirvan de reclamo o justificación para renovar sus mayorías políticas sino que se trata de personas y familias que sufren y padecen su mal gobierno e incompetencia y, sobre todo, que el Derecho al trabajo de las personas es mucho más que trabajo precario, explotación y denigración de los obreros. Aunque, para ser sinceros, es obvio, Ken Loach no es un director del gusto del partido del señor Rajoy, no porque no sea un extraordinario director cinematográfico, gran profesional, de prestigio internacional y cosechador de múltiples reconocimientos y premios profesionales, sino, sencillamente, porque ese partido y sus entrenados políticos parecen empeñados en demostrarnos a todos, en todo momento y lugar, su manifiesta aversión a La Verdad (con mayúsculas). ¡Sin justicia, igualdad, hermandad y un poco, un poco, de credibilidad social no hay progreso, señores políticos!  Lamentablemente, los duendes, de nuevo, somos pesimistas, y más si continúa por mucho más tiempo este gobierno que representa a la más pura línea inmovilista y conservadora (gobierno de políticos tecnócratas o, mucho mejor y más acertado, de mandatarios Neocon Cum laude). Pero, si esta situación social se hace crónica, si sigue aumentado el número de parados sin subsidio, si los pensionistas son estrangulados económicamente, más y más, hasta no poder ayudar a los hijos y nietos, si los padres de familia siguen viéndose abocados a la desesperación y el desencanto (ni trabajo ni esperanza, sólo explotación y desilusión), en suma, si se sigue poniendo en grave peligro la cohesión social, cada día serán muchos más los que verán justificado buscarse la vida por medios poco lícitos, cada día habrá más Curro Jiménez, Robin Hood y Luis Candelas. Y, lo más triste y grave de todo esto, como se aprecia en esta maravillosa película, es que estos desesperados sociales, estos padres de familia ninguneados, no tendrán en ningún momento conciencia de delito pues, por encima de la vergüenza del sentimiento de hurto o el engaño tramposo estará siempre la dignidad, la desesperación y la necesidad del ser humano. Patético drama de millones de hombres válidos pero arrinconados socialmente en su plenitud de facultades laborales y que entenderán siempre que los suyos serán comportamientos justificados a los que se han visto empujados por un segregador y egoísta sistema y por una insensible casta de políticos amigotes, en muchos casos prevaricadores, y casi siempre enriquecidos a costa de su propia e injusta marginación social. Pero eso sí, estas cosas ocurren así, como diría la señora de Cospedal, con la meridiana claridad de político de raza que la caracteriza… ¡porque yo lo valgo!

 

 5/ El Cartero (y Pablo Neruda).

 

Director: Michael Radford (1946- ).

Año: 1994.

Nacionalidad: Italia.

Duración aproximada: 115 minutos.

Premio destacado: En 1995, Oscar a la Mejor Banda Sonora y 4 nominaciones más (mejor Película, mejor Director, Mejor actor principal y mejor guión adaptado).

Principales Intérpretes: Philippe Noiret, Massimo Troisi, Maria Grazia Cocinotta, Linda Moretti.

 

Comentario: Película basada en la magnífica novela del mismo título de Antonio Skármeta. “Usted me metió en este lío y usted me tiene que sacar de él. La poesía no es propiedad de quienes la escriben sino de quienes la necesitan…”, palabras de Mario Ruoppolo. Hermoso. Como hermosa es esta película en todos sus aspectos. Nadie, sobre todo ninguna persona con sentimientos de izquierda,  debería de dejar de verla, y nadie que la vea dejará de conmoverse. Porque ésta es una hermosa y sentimental historia que el cine nos hace llegar a lo más profundo del alma a través de una gran dirección, magnificas interpretaciones y una inolvidable banda sonora ganadora del Oscar. Mario Ruoppolo, hijo de pescador (al que no le agrada mucho continuar con el oficio de su padre), semianalfabeto, sencillo y tímido, se contrata como cartero ocasional para llevarle en bicicleta la correspondencia a un nuevo residente en una pequeña isla italiana, el mundialmente conocido poeta chileno Pablo Neruda, que allí sufre un exilio forzoso. Pronto nace una sincera amistad entre ellos, y muy pronto Mario idolatrará al comprometido poeta. Para Mario no es sólo el poeta del pueblo, es, sobre todo, el poeta del amor, amado por las mujeres, un gran hombre que le llena de asombroso y que continuamente le deja perplejo y absorto en ensoñaciones románticas, pues es capaz de enamorarlas con sus bellas palabras, con… ¡metáforas! Y Mario se ha enamorado por primera vez, de la joven tabernera, la bella Beatrice, como suele ser ese primer amor, repentino, sin reservas, absorbente, ciego y atolondrado (ay, quién no se ha enamorado así alguna vez, no sabrá entender la desesperación de nuestro querido cartero). Así que ya tenemos la ecuación: una pequeña isla, un gran poeta del amor y un cartero enamorado. Podéis sacar ya vuestras conclusiones porque no os cuento más. Esta maravillosa película es de las que yo también designaría de obligada proyección en institutos. Y, sí, Mario era un hombre sencillo e inculto, un pobre pescador de una pequeña isla olvidada, pero no dejo de reconocer que, después de ver la película, este duende (y pienso que otros muchos como yo) sintió algo de sana envidia por su personaje. Nos hubiera gustado ser Mario para tener el honor de gozar de la amistad de D. Pablo, de grabarle los sonidos de nuestro pueblo para él (nº 6, campanas de Santa Dolorosa, con cura…) o de confiarle nuestros más íntimos secretos de un corazón sangrante. Y porque además, estoy seguro, a mí sí me hubiera respondido la sencilla pregunta: Don Pablo, ¿cómo se hace uno poeta?

 

 

6/ The Straight Story (una historia verdadera).

 

Director: David Lynch (1946- ).

Año: 1999.

Nacionalidad: Vietnam.

Duración aproximada: 111 minutos.

Premio destacado: En 1999, Nominada al Oscar al Mejor Actor.

Principales Intérpretes: Richard Farnswoth, Sissy Spacek, Harry Dean Stanton, Everett McGill.

 

Comentario: David Lynch nos cuenta de manera extraordinaria una bonita historia verdadera. Alvin Straight es un anciano de 73 años que vive en Iowa y que padece de varios achaques por la edad: enfisema pulmonar, pérdida de visión o problemas de cadera. Vive sólo con una hija discapacitada. Pero, cuando recibe la noticia de que su hermano Lyle ha sufrido un infarto, hermano con el que no se trata desde hace ya diez años, siente la necesidad de ir a visitarlo a Wisconsin, a unos 500 kilómetros de distancia. Dada su falta de dinero, decide hacer el viaje en el único vehículo a su alcance: su vieja cortadora de césped. En este viaje tardará seis semanas y podremos ver una aventura de hermosa superación y valentía donde tendrá que sortear problemas y dificultades varias. Como se suele decir por aquí: quien tuvo, retuvo. A Alvin ya le falla el físico, está hecho un trapo, lleno de achaques de anciano, pero mantiene intacta su determinación y carácter personal. Un carácter luchador y una nobleza de espíritu asombrosa. Muchos otros, con excusas justificadas, se hubieran quedado cómodamente en su casa, pero él no. Cree firmemente en que es su obligación moral acudir a ver a su hermano y, si no pone todo de su parte para realizar esta visita, si su alma no es capaz de superar sus limitaciones físicas, no se sentirá bien consigo mismo, ¡qué clase de hombre sería! Éste es el tipo de personas que todos quisiéramos tener de hermano/a, amigo/a o compañero/a, pues estas decididas actitudes reflejan la mejor personalidad y el más admirable humanismo. Una maravillosa historia que el mejor cine nos ha legado y que todos deberíamos de rendirle el sincero tributo de nuestro agradecimiento, porque siempre debemos de creer que por encima de la comodidad congénita, el egoísmo personal y la avaricia enriquecedora está el sentimiento y la obligación humanística.

 

 

7/ Recursos Humanos.

 

Director: Laurent Cantet (1961- ).

Año: 1999.

Nacionalidad: Francia.

Duración aproximada: 100 minutos.

Premio destacado: En 2000, Premio Cesar a la Mejor Opera Prima y al Mejor Actor Revelación (J. Lespert).

Principales Intérpretes: Jalil Lespert, Jean-Claude Vallod, Chantal Barró, Véronique de Pandelaère.

 

Comentario: Una gran película enriquecedora. No recuerdo ahora mismo ninguna otra película que muestre de una manera tan clara y manifiesta las imperfecciones del sistema capitalista de producción. Franck Verdeau es un joven universitario de económicas o empresariales que acude a realizar prácticas en el departamento de Recursos Humanos de una fábrica de tamaño medio en la que trabaja su padre desde hace ya más de treinta años. Empieza sus prácticas con un gran entusiasmo personal y con una buena acogida por parte de la dirección de la empresa. Comienza de inmediato a aportar ideas y trabajo personal con la intención de facilitar el entendimiento entre los sindicatos de obreros y la dirección de empresa para establecer la jornada laboral de 35 horas. Pero muy pronto y debido a un incidente casual (accede de forma fortuita a un documento del ordenador del jefe de Recursos Humanos), se dará cuenta de las verdaderas intenciones de la dirección de empresa que no son otras que despedir a 12 empleados, entre los que se encuentra su propio padre. En torno a este argumento vemos el enfrentamiento entre padre e hijo, sus posiciones iniciales, sus reproches y puntos de vistas y el desenlace final que los reconcilia entorno a la lucha sindical. Que el trabajo en cadena de las modernas industrias deshumaniza al hombre es algo que ya el cine nos mostró en la película del inolvidable Charles Chaplin Tiempos Modernos. Pero ahora lo volvemos a contemplar en una versión mucho menos graciosa y más actualizada a nuestra época. Lo que esta película nos muestra de manera descarnada es que el capitalismo no sólo deshumaniza al obrero de la cadena de producción sino, lo que nos parece ya más grave, a los cuadros de dirección y gestión de las empresas. Los jóvenes que salen de las universidades con títulos de gestión empresarial saben que el objetivo primordial de sus trabajos no será nunca la calidad del producto o del trabajo del grupo, su buena gestión no tendrá, en la mayoría de la ocasiones, nada que ver con conceptos como los de humanizar la producción, estos aspectos sólo serán, como se suele decir, asuntos colaterales del objetivo primordial que no es otro que la rentabilidad y el beneficios, en suma, la cuenta de resultados. De inmediato su lenguaje se llenará de tecnicismo que no son otra cosa que eufemismo de otros términos más fríos y directos: amortización, reestructuración empresarial, externalización, reorganización del trabajo, paro tecnológico, etc. A ellos, a los jóvenes gestores económicos, se les valorará siempre porque el hecho de que demuestren ser capaces de mantener siempre la rentabilidad o incrementar los beneficios, nunca se aceptará una disminución de ganancias ni por causas humanitarias: las empresas no son un club benéfico, dirán. De esta “buena praxis” dependerán sus ingresos personales y sus posibilidades de progresar dentro del organigrama de la empresa. Y, si para mantener u obtener estos resultados tienen que deshumanizarse, lo harán sin reparos y, a continuación, tranquilizarán sus conciencias con la tan repetida frase de “que se fastidie quien no me entienda, pero esto es así, y yo no hago las reglas. Yo valgo para estar arriba en el extracto social de clases dirigentes. O lo hago yo o la hará otro en mi lugar”. El sistema de producción capitalista se basa en el egoísmo y la avaricia humana; garantiza una buena vida de lujo y posibilidades a un reducido grupo de privilegiado a costa de mantener a la mayoría de las personas y familias en una condición de semiesclavitud, precariedad y desencanto, y en los extremos sociales, de marginación, pobreza extrema o en guetos de delincuencia de necesidad. Y esta situación, con la tan mencionada globalización económica, no ha hecho más que empeorar. El liberalismo económico capitalista siempre alega ser el sistema que garantiza una mayor libertad personal. Pero esto no es del todo cierto, hay un gran componente de hipocresía en ese concepto de neoliberalismo. Defienden la libertad personal para medrar en la vida por méritos propios pero a su vez se cuidan mucho de proteger los privilegios de clase y las fortunas heredadas y, al mismo tiempo, se preocupan de bloquear cualquier tipo de impuestos de sucesión de las grandes fortunas, aunque este tipo de impuesto se destine a la convergencia y cohesión social. El liberalismo económico es una pura entelequia romántica por el simple hecho de que se practica en medio de unas sociedades imperfectas y segregadas en clases sociales muy divergentes y de intereses encontrados. El neoliberalismo es la hipocresía de los ricos que saben perfectamente que los niños al nacer no parten desde la misma línea de salida ni tienen las mismas posibilidades de ser felices y progresar, por muy singulares y elevadas que sean sus capacidades hay una reducida minoría social que siempre tendrá una gran ventaja heredada. Una hipocresía que en el nombre de la libertad sólo defiende mantener unos privilegios de clase y perpetúa unas sociedades imperfectas. Sinceramente, este duende piensa que la salvación de los humanos está en la Socialdemocracia, que es el centro político, alejado de los totalitarismos represores y de los autoritarismos parlamentarios, y nos parece, además, la única esperanza política razonable e ilusionante de los hombres justos. Gobiernos socialistas fuertes, que con su intervencionismo estatal trabajen de forma honesta y honrada por la igualdad, la cohesión y la justicia social, la educación laica y el progreso civil. Esta magnífica película nos hace ver y reflexionar sobre estos conceptos sociales y, cuanto menos, es una de las pocas que intenta que veamos a los obreros como algo más que simples piezas desechables e insensibles de un engranaje de producción y enriquecimiento. Terminamos todos haciéndonos la enriquecedora pregunta de la última escena: ¿cuál es tu sitio? Esta es otra de mis películas indispensables para proyectas en los institutos de secundaria. Muy aleccionadora y clarificadora.

 

 

8/ Tres estaciones.

 

Director: Tony Bui (1973- ).

Año: 1999.

Nacionalidad: Vietnam.

Duración aproximada: 100 minutos.

Premio destacado: En 1999, Festival de Sundace, Gran Premio del Jurado y Premio del Público.

Principales Intérpretes: Don Duong, Nguyen Ngoc Hiep, Tran Manh Cuong, Harvey Keitel.

 

Comentario: Esta es una preciosa película en todos los sentidos: hermosas imágenes, humanas historias y una banda sonora muy bella y emotiva. Todo ello nos hará sentir emociones de hermandad y humanidad como muy pocas veces sentiremos en el cine. Los países desarrollados (el arrogante y paternalista hombre blanco), primero extendieron su “civilización” al resto del mundo en la época de los imperialismos decimonónicos. Hoy día todo parece más mucho sutil, le llamamos Globalización, y ha sido facilitada por los tremendos adelantos tecnológicos y de movilidad de los últimos años. Las grandes empresas y corporaciones financieras extienden sus tentáculos a un sin fin de países emergentes en vías de desarrollo. Así lo primero que les exportamos es lo mejorcito de nuestros imperfectos sistemas capitalistas. Ya no se trata únicamente de la explotación de materias primas sino también de las manufacturadas en origen. De esta forma, siguiendo estas estrategias de explotación, lo primero que creamos es una clase social de nuevos ricos e insaciables explotadores para obtener de inmediato mano de obra barata pero, eso sí, despreocupándonos de que los avances sociales vayan a la par o de la educación de los niños, por ejemplo. Creamos complejos turísticos aislados de la pobreza autóctona para el disfrute del alegre y civilizado hombre occidental que acude de vacaciones a estos países dentro de una burbuja hermética de lujo y  felicidad pero que desprenden continuamente cantidades apreciables de codiciados dólares. Les llevamos el turismo sexual, la explotación infantil (o, simplemente, la explotación), la segregación social, los paraísos fiscales y… ¡hasta las flores de plástico! Los duendes somos algo pesimistas en cuanto a los humanos se refiere, lo siento. Por cada Nelson Mandela que aparece, la historia nos ofrece veinte George W. Bush; por cada Vicente Ferrer, cuarenta Rodrigo Rato; por cada Teresa de Calcuta, cincuenta Margaret Thatcher… ¡no tenéis arreglo! ¿Qué clase de mundo queréis? ¿Hacia dónde se encamina la humanidad? ¿Sentís algún sentimiento de humanidad o hermandad hacia los demás o eso os parece una frivolidad cándida y desfasada que no puede ser aceptada por el hombre moderno?  ¿Os dejaréis siempre arrastrar por pragmatismos egoístas de tintes nacionalistas y ocultaréis vergonzosamente los sentimientos humanos?  No tenéis respuesta a estas sencilla preguntas, ¿verdad? ¡Cómo vamos a ser optimista los duendes! Esta magnífica película nos ofrece todo lo contrario. Unas historias de gran humanidad, de personas reales en situaciones cotidianas de precariedad y pobreza en un tercer mundo que siempre se nos antoja muy lejano. Y lo hace de forma optimista (el optimismo que a los duende nos falta) y una narración sencilla con un gran número de escenas muy emotivas: un poeta enfermo de lepra que le dicta sus últimos poemas a una joven samaritana de gran corazón (mis palabras son notas de un instrumento… melodías de mi corazón), unos niños que se amparan y hermanan en la más absoluta indigencia, el amor que triunfa ante la necesidad  y el valor del cariño sincero (hermosa historia del taxista-bici y la puta de hotel), el sacrificio de la amistad y otras cuestiones muy humanas y admirables. Nada de lujos y consumismo, todo es humanidad y sentimientos. El hombre blanco, dentro de esos hoteles de lujo y resplandor, es otro mundo inalcanzable para la mayoría de los nativos, pero esta película nos dice que su avaricia y ambición también transporta la simientes de cosas buenas y deseables (por ejemplo, el infantil juego alegre, democrático y universal del fútbol o la reparación sincera del sentimiento de culpa, que se refleja en el exsoldado que busca a su hija) En fin, ¡qué grande es el cine en estas ocasiones y que bellísima película! Por favor, ésta no os la podéis perder.

 

 

9/ Las Invasiones Bárbaras.

 

Director: Denys Arcand (1941- ).

Año: 2003.

Nacionalidad: Canadá- Francia.

Duración aproximada: 99 minutos.

Premio destacado: En 2003, Oscar a la Mejor película Extranjera y nominada al Mejor Guión Original.

Principales Intérpretes: Remy Girard, Stephane Rousseau, Marie-Josée Groze, Dorothée Berryman, Dominique Michel, Louise Portal.

 

Comentario: Esta película es la extraordinaria continuación de la inolvidable El declive del imperio americano. Ahora nuestros queridos profesores son personajes entregados a la apática madurez, resignados y acomodados, en la frontera de sus jubilaciones. Vuelven a reunirse motivados por un suceso triste: la despedida de viejo socialista voluptuoso, Remy, enfermo terminal, desahuciado por la medicina. El hijo de Remy, Sebastian, recurrirá a las drogas como paliativo a la enfermedad del padre, haciéndole algo más llevadera la agonía final. Esto también le servirá al director para mostrarnos esa transformación social que las drogas han propiciado en pocos años en las sociedades desarrolladas, sobre todo entre los jóvenes. En un ambiente triste, pero cordial y sincero, los amigos recordarán juntos sus vidas: las fantasías sexuales juveniles, sus amores y desamores o su desarrollo intelectual. “La historia de la humanidad es una historia de horror”; “han ganado las elecciones George Busch y Berlusconi (y yo añadiría, José María Aznar y Mariano Rajoy), hoy día la inteligencia ha desaparecido”; éstas son sólo un par de las tantas acertadas frases que se escucharán en los diálogos. Dirán, “hemos pasados por todos los –ismos; primero el existencialismo, racionalismo, marxismo, leninismo, maoísmo, estructuralismo, situacionismo, feminismo, independentismo, deconstruccionismo e, incluso, por ¡el cretinismo!”. La película también es, sobre todo, un buen alegato a favor de la Eutanasia humanitaria. En opinión de este duende, esta buena película nos viene a decir que los humanos deberíais de mantener la exigencia personal de no perder la curiosidad y el amor por el saber hasta el último instante de vuestra existencia, porque todo auténtico intelectual sabe que su formación y conocimientos le ayudarán a facilitarle y a disfrutar algo más de la vida, pero que los libros no son nunca la propia vida. Ésta se encuentra en las pequeñas y cotidianas cosas: está en los hijos, los buenos amigos, el buen vino y la buena mesa, la maravillosa música, el arte o en el amor (bueno, incluso en el sexo, como diría el bueno de Remy). Y el ser humano que no quiera reconocer esta simple evidencia será sin duda un grandísimo vanidoso y un necio arrogante; en suma, un seguro candidato a terminar en el movimiento intelectual menos deseable, el mencionado… ¡cretinismo!

 

 

10/ Luna de Avellaneda.

 

Director: Juan José Campanella (1959- ).

Año: 2004.

Nacionalidad: Argentina.

Duración aproximada: 140 minutos.

Principales Intérpretes: Ricardo Darín, Eduardo Blanco, Mercedes Morán, Valeria Bertuccelli, José Luis López Vázquez, Daniel Fanego.

 

Comentario: Maravillosa, inolvidable y simpatiquísima película. En la red he leído que algunos la consideran una metáfora de la decadencia de Argentina. No estoy de acuerdo. Sí, realmente es una bella metáfora de la nación Argentina, pero de lo más admirable y deseable de este país: de su enorme Humanidad y de su inquebrantable personalidad. Porque no recuerdo ninguna otra película que contenga tantas dosis de buenas intenciones, buenas gentes sencillas, hermosa alegría popular y, en suma, de tanta naturalidad humana como la que se nos ofrece en este hermoso film. “Salvaremos al club con trabajo, honradez y justicia”, se le oirá decir al querido fundador (¡qué candidez y honestidad humana! O, por lo menos, eso nos parece en contraste con una sociedad en la que imperan tanto tiburón financiero y políticos vendidos). Si Argentina contiene tanta humanidad y honestidad como la que nos tramites los personajes de esta película, todos, sin excepciones, humanos y duendes, desearíamos parecernos a ellos; con estas dosis de humanismo ¡Argentina sería mi Imperio! En fin, exageraciones cariñosas aparte, la película está repleta de emotivas y hermosas escenas inolvidables: el niño recién nacido, nuestro Román, llorando delante del micrófono de la orquesta festiva; de nuevo Román, el protagonista, hablándole a la luna llena o simulando una luna con una lámpara detrás de un mampara de hospital para reconfortar a su querido amigo agonizante; la improvisada serenata romántica; o (con la que yo me quedo por encima de todas) esa niña pequeña bailando ballet y que le regala una hermosísima y agradecida sonrisa a un Román emocionado y que representa la esencia más asombrosa de toda esa desinteresada humanidad del personaje, maravillosamente interpretado por un soberbio Ricardo Darín. Y, a pesar de todo este envoltorio argumental de sentimientos y emociones, no se deja de tocar temas candentes y lacerantes en las imperfectas sociedades actuales: la precariedad del paro juvenil, el abuso y explotación de los jóvenes y que los obliga a la emigración forzosa (que, lamentablemente, es lo mismo en todo los sitios y siempre son los chicos los primeros en sufrir este tipo de abusos ante cualquier tipo de crisis), los insufribles, universales y cara dura de los políticos venales e hipócritas o la manifiesta insensibilidad humana de la banca capitalista (aprieta, aprieta que ya se ahogan), por ejemplo. En la escena final de la asamblea del Club deportivo de Avellaneda, en la que se intenta decidir su futuro, también se escucharán diálogos impactantes: “Cada vez tenemos menos y cada vez queremos menos… Juntos podemos volver a renacer y sentir las mismas ilusiones de nuestros padres…sino ganará la banca y perderá el pueblo”. La primera vez que vi esta maravillosa película tuve la sensación que todos en la sala cinematográfica sentíamos un ansioso deseo de poder votar en aquella decisión social; aunque, alguno que otro de los presentes, sólo hubiéramos votado para darnos el gusto de introducir un voto nulo del estilo del que emite el bueno de Amadeo: mi voto… ¡pedazo de rancio boludo! (¡qué gustazo! Y, ¡qué enorme director! Mil gracias Campanella por enseñarnos cómo hay que tomarse la vida… Siga el baile, siga el baile, de la tierra en que nací, la cumparsa de los negros, al compás del tamboril, siga el baile, siga el baile…).

                

  

“Nunca pensé en lo que hacía en términos de arte, o esto es grande o estremecedor, o cosas por el estilo. Para mí siempre fue un trabajo, que yo disfruté enormemente, y eso es todo”. John Ford, director de cine norteamericano (1894-1973).

Alambique de los genios.

Alambique de los genios.

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