PINACOTECA ATLANTIS (I): ¡Aún dicen que el pescado es caro! De Joaquín Sorolla (1863-1923).

Hola a todos.

Hoy nos disponemos a reeditar una entrada que ya ha sido publicada en nuestro blog hermano Costa da Morte. Pero nos ha parecido tan interesante y acertada que no nos hemos podido resistir. Con el permiso de nuestro buen amigo Breixo Abréu de Camariñas, viejo lobo de mar, os la ofrecemos esperando que a vosotros también os plazca y entretenga.

 

PINACOTECA ATLANTIS (I): ¡Aún dicen que el pescado es caro! De Joaquín Sorolla (1863-1923).

 

Marina: Rompientes de Atlantis.

Marina: Rompientes de Atlantis.

En nuestra particular tertulia tabernera del Pecio Alegre tenemos a un simpático jubilado, dicharachero y buen bebedor de whisky añejo, de origen irlandés, conocedor de mil historias, de cabellos y pobladas barbas (en sus días de fuertes vellos pelirrojos y hoy ya tirando más a blancos canosos), bien parecido y de estura media (unos 1.75 metros), antiguo marino mercante, hombre de mundo y solitario viudo: el bueno de Patricio O’Neall. Quiso el destino que este marino mercante conociera, ya en su edad madura, a una alegre viuda de pescador, Águeda Novoa, la maciza, para más señas. Dama solitaria de Camariñas, sin hijos, independiente, decidida y muy mujer, que supo enamorarle el corazón y domesticar sus conocidas ansias varoniles, hasta el extremo de atarlo rendido a su cama y a su hogar de forma definitiva. Por lo que nuestro amigo Patricio, llegada su jubilación, pasó a afincarse en Camariñas, en la vieja casa aislada de las laderas de la colina, propiedad de su enamorada esposa, a escasos metros de nuestra querida taberna y, como dos tortolitos, se dispusieron a vivir intensa y apasionadamente su amor. Pero ese mismo destino intangible se suele mostrar casi siempre muy caprichoso e incomprensible, y de esta forma decidió, de forma unilateral y sin contar con nadie, que ahora la viudedad le sobreviniera al entregado Patricio. Y así, a los pocos años de aquella feliz unión amorosa, su esposa enfermó gravemente y falleció a los pocos meses, dejándolo en un lamentable estado de soledad y abatimiento. Dueño en una enorme casa que atender, más solo que el faro de Vilán y con mil tareas cotidianas en las que nunca había reparado.

Pasión por la luz y el mar.

Pasión por la luz y el mar.

Pero los amigos están para algo, ¿verdad? Y así fue en el caso de Patricio. De inmediato, su entorno cercano de amigos y conocidos de buena voluntad se volcó en ayudar y participar en la pronta recuperación del hundido y depresivo Patricio. Lo primero fue buscarle una joven asistenta que atendiera su casa y su cocina. Hoy día este apartado lo tiene resuelto de ocho de la mañana a ocho de la tarde y de lunes a sábado, por la servicial, muy hacendosa y siempre dispuesta María Barral, joven treintañera de la localidad muy profesional e hiperactiva. La joven María cuida perfectamente a nuestro irlandés, a su casa, sus coladas, su despensa, y le atiende siempre en el desayuno matutino y la comida principal del mediodía, para la que le ofrece variedad de ricos y sabrosos guisos, a los que nuestro viudo ya se ha acostumbrado y adaptado a las mil maravillas. Para las cenas, en ocasiones le deja algo preparado o algunas sobras frías del mediodía, o ya se suele apañar Patricio con alguna cena fría y de picoteo o, muy corriente también, nuestro irlandés cena en el Pecio Alegre con la alegre compañía de Anxo y las ricas viandas de de nuestra gentil cocinera Amparo. Pero además de esta extraordinaria ayuda sobrevenida se llevaron a cabo otras estrategias revitalizantes. Una fue particularmente feliz: nuestros taberneros, Anxo y su familia, le regalaron un cachorro de perro pastor alemán, al que él llamó Douglas, que es hoy día su alegría y fiel compañero matutino y doméstico (al Pecio, por las tardes-noches, no lo suele traer nunca, dejándolo en casa en tareas muy propias de guardián).

La trata de blancas (1894).

La trata de blancas (1894).

Y ahora ya llegamos a lo que importa para nuestro caso. Pero tal vez, la causa más feliz, acertada y determinante en la recuperación anímica y vital del bueno de Patricio O’Neill fue su provocada, repentina y apasionada nueva afición a la pintura y al arte en general. Alguien que conozco muy bien (pero no mencionaré, pues es asunto de duendes modestos y reservados) le regaló un equipo completo de pintura al óleo y a la acuarela, con todos sus elementos: lienzos, pinturas, pinceles, caballete, paletas, etc. Además de una edición de lujo un magnífico curso de pintura, muy ilustrada y de enorme calidad. Y Patricio, desde el primer momento, se entregó de forma sincera y apasionada a su nueva afición y actividad. Desde entonces, casi todas las mañanas que el tiempo lo permite, sale con su bastidor portátil y sus trastos de pintura a pintar al aire libre, a la hermosa naturaleza agreste y marinera del litoral de nuestra querida Costa da Morte. Y, a estas alturas, creo que no quedará rincón pintoresco que no haya pintado o abocetado: costas, rompientes, faros, puerto, embarcaciones y toda clase de marinas, además de parques, jardines, flores, etc. Pero, y esto es muy importante, esta nueva pasión le ha llevado a adquirir una modesta pero muy apañada biblioteca de pintura y arte que nos lo ha convertido, en muy poco tiempo, en un genuino “experto aficionado y muy entendido”. Por todos estos motivos, de un tiempo a esta parte, Patricio O’Neill es nuestro asesor y moderador tertuliano en asuntos de Bellas Artes. Él será el responsable de enseñarnos y comentarnos algunas bellas obras de la historia de la pintura o la escultura que tengan que ver con el mar y las gentes marineras. Y desea empezar con una extraordinaria pintura que a todos en el Pecio Alegre, humanos, duendes y atlantes, nos ha emocionado.

 

¡Aún dicen que el pescado es caro!

De Joaquín Sorolla y Bastida (1863-1923).

Técnica: Óleo sobre lienzo. Año 1894.

Dimensiones: 151,50 x 204 cm.

Localización: Museo del Prado – Madrid.

sorolla-1

 

Esta pintura obtuvo la Medalla de Primera clase en la Exposición Nacional de Bellas Artes del año 1895.

 

 

Joaquín Sorolla y Bastida.

Joaquín Sorolla y Bastida.

A Joaquín Sorolla y Bastida se le ha ido encuadrando en los movimientos Impresionistas, Postimpresionistas y, más tarde, cuando ya empieza su época más brillante y fructífera, la de la experimentación del color y la luz y las playas, sol y niños, en la corriente conocida como Luminista. Pero este cuadro de hoy es de una primera época, de mediados de la década de los noventa del siglo XIX. A raíz de su visita al París del Arte y los bohemios, Sorolla sentirá la necesidad de tratar escenas realistas y comprometidas, cargadas de contenido social (también de este año es su cuadro La trata de blancas). Parece ser que la inspiración de este lienzo proviene de una novela de Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928): Flor de mayo. En esta novela se narra la dramática muerte en un accidente de un joven pescador, Pascualet, y es una tía del joven pescador la que se lamenta con palabras parecidas a las del título de nuestro cuadro: “¿Aún les parecía caro el pescado? ¡A duro debía costar la libra…!”.

Detalle 1.

Detalle 1.

La escena que se nos muestra es sobrecogedora por sincera y dramática. Un joven pescador, con el torso desnudo, ha sufrido un grave accidente y es atendido por dos veteranos compañeros en el sollado inferior del modesto barco pesquero, junto a la base del macho del mástil de la embarcación. El pescador más veterano va tocado con una barretina oscura, gorro muy típico de los pescadores del Mediterráneo catalán, mallorquín y valenciano. El otro muestra una reluciente calvicie que es iluminada, igual que la escena principal, por una luz cenital que penetra por la trampilla abierta en cubierta (es muy curioso, y algo incomprensible para mí, que, para este aficionado irlandés, ha sido siempre y principalmente esa iluminada calvicie la causa principal de distracción inevitable del asunto dramático y principal del cuadro. Que el personaje me perdone por mi desconsiderada fijación). El pescador más veterano intenta contener la hemorragia con un paño mientras el otro sujeta los hombros del herido incorporándolo un poco. Del cuello del joven accidentado, que ya tiene una palidez mortecina, cuelga una pequeña medalla religiosa, posiblemente (porque no se aprecia bien), será la Virgen del Carmen, patrona de las gentes marinera. Pues, como es sabido, la Fe suele ser siempre una actitud sincera y el último consuelo de las almas marineras.

Centro de atención y la composición áurea.

Centro de atención y la composición áurea.

Y toda la escena nos muestra y recoge la humildad del oficio y la sencillez del drama. Un sollado de un barco pesquero es un abigarrado almacén que sirve para todo y para nada. En un rincón unos cuantos peces muertos, desprendiendo su particular olor marinero. Detrás, un tonel de agua dulce. A nuestra derecha, un amasijo de cuerdas y trapos (sacos, telas de vela, cosas así), enseres de faena dejados caer aquí y allá, y siempre a mano (o siempre escondidos, que el diablo siempre está a bordo). Las ropas de los marineros, humildes, remendadas, raídas, sucias. Y, además, nuestro pintor se cuida de todos esos detalles, muy realistas y ajustados: el farol en el macho del mástil, el agua saltarina del caldero, algunos trapos limpios sobre la base del mástil, etc. Si además a todo esto le añadimos una clara composición áurea (la de los famosos 2/3, que tanto nos gusta a los pintores aficionados) podemos afirmar que en este cuadro Sorolla consiguió una de las ecuaciones artísticas más perfectas y bellas posibles para mostrarnos el valor, más que del pescado, el de esos honestos y esforzados hombres que se juegan en algunas ocasiones la vida en pescarlo.

Detalle 2.

Detalle 2.

Ahora os diré que este aficionado irlandés no es un experto ni entendido en arte ni un catedrático de la Historia del Arte. La vida no me ha proporcionado esa excelsa formación ni se pretende aparentar una cultura de la que se carece. Mi modesta aportación a las tertulias del Pecio Alegre sólo desea amenizar y compartir mi sincera afición y mis pobres, pero bien fundamentados conocimientos, de una manera bien intencionada y amiga. Si en algún momento cometo algún descuidado fallo, ya pido disculpas amparándome en esa pretendida buena intención. Y, lo confieso ahora, yo simplemente tengo la meridiana y directa opinión que tenía el notable escritor ruso Antón Chéjov (1860-1904) cuando afirmaba: “La obras de arte se dividen en dos categorías: las que me gustan y las que no me gustan. No conozco ningún otro criterio”. Y de eso se tratará, de compartir aquellas pinturas u obras de Arte que considere que tienen un valor, no sólo artístico, sino también humano y social.

Detalle 3.

Detalle 3.

Y este cuadro nos dice muchas cosas sobre la singularidad humana y el carácter de las personas. Por una parte, nos muestra cosas buenas y admirables. Como pueden ser las propias cualidades del artista. Unas manos hábiles y maravillosamente entrenadas, que son capaces de plasmar en el lienzo estados de ánimo muy expresivos y manifiestos, o unos detalles asombrosamente realistas para crear la atmósfera y el ambiente dramático preciso. En suma, una asombrosa imaginación despierta y sagaz para componer esta escena de dolor y compañerismo, que nos transmite unos sentimientos tan humanos y reconocidos como son la hermandad, la compasión o la tristeza desolada. Por otra parte nos dice cosas no tan admirables. Por ejemplo, que todo trabajo humano requiere de un tiempo de aprendizaje y entrenamiento para alcanzar la debida confianza y seguridad. Y que por este motivo los accidente laborales son mucho más frecuentes entre los jóvenes inexpertos o los grumetes distraídos. Que algunos oficios (por ejemplo, se me ocurren, el de banquero o político) son ejercidos por personas que no moverían una ceja sin antes tener asegurada una buena ganancia o un dinero anticipado. Mientras que otros, por ejemplo el de pescador, son capaces de jugarse la vida en arriesgadas faenas por un salario de subsistencia. En suma, que este es uno de esos mágicos cuadros que nos hacen meditar y nos enriquecen para ser mejor personas y un poco más instruidos, lo que equivale a ser un poco más felices. Esta es aquí, en mi opinión, la magia de los pinceles de Joaquín Sorolla.

Detalle 4.

Detalle 4.

Y, desde luego, no creo que nadie discuta el tremendo valor documental y social de esta dramática pintura. Porque, tengámoslo en cuenta, todavía hoy día muchas personas no eligen sus oficios y ocupaciones libremente. Y mucho menos los duros trabajos de minero, albañil o pescador. En muchas ocasiones son trabajos sobrevenidos por las circunstancias personales, por la vital necesidad (y en ocasiones extremas, hasta por el hambre) o por la tradición familiar. Pero, eso sí, una vez allí, en el duro tajo, en las interminables y peligrosas faenas marineras, estos hombres de la mar, sin tener en cuenta casi nunca la calidad de su sueldo, ejercen de pescadores con una gran honradez, honestidad y valentía, y haciendo siempre gala de un sentimiento de hermandad y compañerismo que se echa en falta en otras muchas actividades. Agonizar por un triste accidente de pesca en un pobre, maloliente, húmedo, mal iluminado y descuidado sollado de pescadores es un enorme drama, entonces y, si se da el caso, ahora. Drama que se acrecentaría insensata e injustamente si los humanos (en muchas ocasiones, incomprensiblemente, muy ingratos y arrogantes) ninguneásemos a este noble oficio de pescador u olvidáramos en algún momento la grandeza e integridad de los hombres de la mar que se desprende claramente de otra conocida frase: “el buen trabajador siempre da más de lo que cobra”. Y este gran cuadro es un sincero y magnífico recordatorio, intemporal e imperecedero, que nos legó un enorme pintor, un inconmensurable artista y un alma sensible y conmovida. De parte de todas las gentes marineras, con sinceridad y gratitud, ¡muchas gracias señor Sorolla!

 

“La función del Arte en la sociedad es edificar, reconstruirnos cuando estamos en peligro de derrumbe”. Sigmund Freud (1856-1939), psicólogo austriaco.

La hermosa luz de la frontera.

La hermosa luz de la frontera.

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