LA TARJETA POSTAL: LA GANADERÍA.

Hola a todos.

Ya le dedicamos una entrega de nuestras postales a la agricultura y entonces nos comprometimos a realizar esta otra entrega de hoy. Porque. si en la base de todas las civilizaciones humanas se encuentra la agricultura también es muy cierto que nunca estuvo sola. Sin el complemento de esta otra actividad todo progreso hubiera sido imposible y toda civilización, cuanto menos, imperfecta.

 

LA TARJETA POSTAL: LA GANADERÍA.

 

“Enero mojado, bueno para el tiempo y malo para el ganado”. Refranero popular (anónimo).

 

La lechera.

La lechera.

El refranero popular encierra buena parte de verdad en sus sencillos y directos dichos, y hemos empezado con uno dedicado a la ganadería como muestra de la gran importancia que ésta tiene entre todas las actividades humanas. Allá por los tiempos Neolíticos y a la vez que nacía la agricultura, o muy posiblemente mucho antes en determinados lugares, los hombres aprendieron a domesticar y criar al ganado. En las primitivas sociedades de pastores, éstos se hicieron nómadas, siempre en busca de los mejores pastos y de las ventajas estacionales. Pero allí donde la agricultura ya se había asentado con sólidas bases, la ganadería fue sedentaria, de establos y granjas, siempre cercana (e incluso integrada) con el hogar familiar. Los hombres empezaron a disfrutar de toda una serie de ventajas de vida y económicas junto a sus inseparables ovejas, cabras, terneros, gorrinos, caballos, etc. Pero, como no podía ser de otra forma, también esta actividad, esta comunión interesada entre humanos y animales, les exigiría inexorablemente a los hombres una entrega, trabajo y sufrimientos que muchas veces iban a ser obligaciones esclavas y no otra cosa que dolores y esfuerzos poco recompensados.

Pastores nos hace Dios.

Pastores nos hace Dios.

Y así ha seguido siendo este mundo de los pastores y ganaderos: se vive del ganado pero también para el ganado. Se es, en la inmensa mayoría de las ocasiones, un auténtico esclavo de establo y praderas, sin fiestas ni domingos, sin vacaciones ni seguridades (bueno, hoy día, algo sí: ¡seguros y más seguros!). Para ser un buen pastor o ganadero hay que nacer, o heredar, o tener una férrea y sólida vocación o, en ocasiones, una triste e inevitable necesidad vital. Así de sencillo. Y todo esto es mucho más acentuado hoy día. Como se suele decir, los pastores “huelen a ganado” aún después de la ducha. Si producen leche, están en manos de las grandes distribuidoras de productos lácteos; si carne, igual; si lana, lo mismo. Siempre tienen que bailar con su trabajo al son de las grandes orquestas que ellos solo sufren y nunca terminan de disfrutar por los pobres márgenes establecidos, casi siempre menguantes. Y, por descontado, sea cual sea la rentabilidad de sus animales, éstos siempre les van a exigir de igual manera: entrega total y esfuerzo incansable y continuo. La familia (toda ella, téngase en cuenta) de ganaderos y pastores, tendrá que cuidar de los establos, los transportes, los forrajes, los pastos, las enfermedades, los partos, las matrículas, los papeleos varios y, en fin y para no cansar, todo un largo y trabajoso etcétera.

Cowboys en apuros.

Cowboys en apuros.

Que la ganadería es una actividad consustancial al ser humano ha quedado plasmado en su historia y en su literatura. Ulises, en la Odisea, escapó del perverso cíclope Polifemo oculto entre su estimado y protegido ganado de ovejas que éste mantenía bien cuidadas y rollizas. Jasón y los Argonautas viajaron a la mítica Cólquides en busca del Vellocino de Oro. Entre los doce trabajos de Hércules se encontraban limpiar los establos de Augías en un solo día, robar las yeguas carnívoras de Diomedes o robar el ganado del gigante Gerión. Por no entrar en toda esa épica de aventuras y luchas que hemos mamado todos desde las figuras de todos esos extraordinarios jinetes de leyenda: de los mongoles de las estepas, los Gauchos de la Pampa o los Cowboys del oeste. Nuestro noble y valiente hidalgo Don Quijote participó (y salió magullado) en la grandiosa batalla que se dió en las tórridas llanuras de la Mancha entre los ejércitos del emperador Alifanfarón y el rey Pentapolín,  tropas de carneros y ovejas nunca de relucientes armaduras y escudos floridos sino de suaves mechones de lana y tímidos astados. Sí, los pastores y los ganaderos han llenado con su sencilla actividad miles de páginas de la historia y la mejor literatura de todas las épocas y, sobre todo, han cubierto cientos de miles, de millones, de horas de imaginaciones juveniles de aventuras con emociones intrépidas y asombrosas. Pues bien, el eje de todas estas páginas y aventuras no era otra cosa que la actividad ganadera y los rebaños en sus migraciones y pastoreos. Pues ellos, los rebaños, en sí mismo eran riqueza, y el deseo de su posesión nunca ha dejado de provocar luchas, robos, trampas; en suma, epopeyas y aventuras mil que se nos ha ido narrando a todos en momentos de nuestra vida y que han sido la causa principal de nuestras imaginaciones y ansias de aventuras infantiles e inevitablemente forman parte de nuestra formación cultural y personal. Y todo gracias a la ganadería. Es justo reconocerlo.

Ni fiestas ni domingos ni vacaciones.

Ni fiestas ni domingos ni vacaciones.

Por todo lo dicho, creo que es muy justo dedicarles esta entrega de viejas postales a este honesto y laborioso gremio de actividad primaria. Porque además, y creo también que es muy lógico, las tarjetas postales de medio mundo han sabido rendir una justa pleitesía a la ganadería y a los pastores.  Con su sencillez y belleza nos han mostrado todo tipo de escenas y momentos cotidianos de los pastores y sus ganados. Desde sus vigilias hasta sus esfuerzos e ingenio, pasando por sus incansables luchas con el pérfido y sanguinario lobo (el “enemigo” por antonomasia del oficio). En estos trocitos de arte que hoy os mostramos podréis contemplar, como de costumbre, hermosas y coloridas estampas, pero también honestos hombres y mujeres en sus actividades pastoras y ganaderas. Un gremio que termina, en la mayoría de las ocasiones, por ejercer sus labores por puro y sincero cariño a sus animales y a su noble actividad más que por el pobre jornal o a la escasa ganancia que suele resultar.

Con frío o calor, con sol o lluvia.

Con frío o calor, con sol o lluvia.

Sí, el oficio de pastor o ganadero, para ejercerlo como Dios manda, tiene que ser siempre vocacional y sentido. De otra forma las personas se engañan a sí mismas y, lo que es mucho peor, los animales lo siente y sufren. Esto último, un verdadero pastor nunca lo consentiría. Porque los hombres honrados y sinceros de este gremio saben muy bien que este oficio, o se hace bien y con entrega sincera, o mejor dejarlo. Y este duende añade, con todo mi respeto y consideración y como ha oído decir en infinidad de ocasiones a sus amigos los pastores: “que a los rebaños hay que tratarlos con el debido respeto y cariño, como si de personas con alma se trataran. Pues, al fin y al cabo, hay humanos que son muchos más cabritos, borregos, terneras, gorrinos o astados que sus propios homónimos. Y, si a los humanos nunca hay que perderles el debido respeto y la educada consideración, los animales de nuestros rebaños merecen igualmente toda nuestra buena predisposición y sincera consideración”.

Cariño correspondido.

Cariño correspondido.

Este duende piensa que, si se piensa bien, esta es una gran verdad. Seréis una raza dominante, el Homo Sapiens, pero no sois la única raza del planeta. Y, para ser sincero, los duendes no deseamos ni concebimos un paraíso post-mortem sin animales ni rebaños, porque pensamos sinceramente que no podría darse un cielo perfecto sin pastores y ganaderos (y mucho más si se tiene en cuenta que el Dios de los cristianos suele ser el Primer Pastor entre todos; el Buen Pastor, para su pueblo de ovejas descarriadas). Y cuando este duende llama ovejas a los humanos no hay mala intención ni especial animadversión en ello (bueno, no más de la normal antipatía de nuestra especie a la vuestra), sólo pretender hacer ver también la importancia de los pastores y los rebaños en el libro de los libros: La Biblia. En fin, que nuestra raza, los duendes, realmente no somos tan antipáticos ni retorcidos como se nos pinta habitualmente, lo que suele ocurrir es que… unos tienen la fama y otros cardan la lana.

 

“El buen pastor esquila sus ovejas, no las despelleja”. Tiberio (42 ac – 37 dc). Emperador de Roma.

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