LA TARJETA POSTAL: CALLES.

Hola a todos.

Hoy, nuestras postales nos ayudarán a dar un agradable y cosmopolita paseo.

LA TARJETA POSTAL: CALLES.

“Ella piensa, en parte mujer, tres partes niña, que nadie la mira, sus pies ensayan un paso aprendido en la calle”. William Butler Yeats. Poeta Irlandés (1865-1939).

Mis calles, siempre mis calles.

Mis calles, siempre mis calles.

Nuestras sociedades desarrolladas de occidente tienden, por natural inercia, a seguir el modelo de hábitat de la sociedad capitalista norteamericana (si el término “capitalista” os suena muy político, no es mi intención. Podríamos también usar en este caso los términos “mercantilista”, “desarrollada”, “avanzada”; vamos, lo que más os guste). Así, ya hace muchos años, se extendió por los extrarradios de todas nuestras ciudades, a cierta distancia, las conocidas Urbanizaciones Residenciales. En estas urbanizaciones se dan, con predominio, dos clases de viviendas: la vivienda unifamiliar tipo “adosada” o bungalow, de tres o cuatro alturas, con su consecuente núcleo de simpática escalera, y que a su vez se suelen agrupar en otra segunda comunidad, más o menos reducida, con los demás propietarios de bungalows vecinos; y el otro modelo de vivienda, ya un cierto nivel por encima y con mayor independencia para sus propietarios, la vivienda unifamiliar aislada con su propia parcela, que también suelen ser de una, dos o tres alturas y, cómo no, en su mayoría no se libran tampoco del omnipresente núcleo de escalera. Los propietarios de este último modelo de vivienda suelen ser personas acomodadas pertenecientes a las nuevas burguesías urbanas que se pueden permitir, dentro de su mediana parcela ajardinada, alguna instalación de recreo para uso familiar: piscina, pista deportiva, invernadero, etc., esto supone, si cabe, una mayor introversión familiar.

Llegó la Primavera.

Llegó la Primavera.

Pero, al contrario que la vivienda norteamericana que está más abierta a la calle, por estos lares a lo que ningún propietario renuncia nunca en este tipo de viviendas es a una serie de opciones de seguridad que los protejan del exterior hostil y peligrosamente delictivo, medidas que les garanticen una total seguridad dentro de su guarida inexpugnable y les proporcione una firme tranquilidad  de vida. Así, en la medida del posible de los bolsillos de sus dueños, cada una de estas parcelas cuenta con muros, vallas, todo tipo de sofisticadas alarmas y/o intimidatorios perros guardianes. Ahora bien, si es verdad que con todas estas medidas de protección se consigue dicha seguridad, también lo es que se obtiene un alto grado de aislamiento e insociabilidad. Como estas comunidades suele estar alejadas del casco urbano de las ciudades varios kilómetros, se hace imprescindible la posesión de uno o más vehículos para el continuo trasiego a la ciudad que exige este tipo de viviendas a sus moradores. De esta forma por esas calles se suelen ver casi en exclusividad un tránsito rodado. En fin, que en estas comunidades de propietarios, pienso, no se da en exceso los actos de vecindad ni el roce entre personas; los justos y nada más, algún tipo de fiesta o celebración puntual entre vecinos y pare usted de contar, pues cada uno va a lo suyo en el interior de su independiente y acorazada parcela. Uno no puede dejar de pensar que, a mayor éxito económico, mayor aislamiento social y menos espíritu cívico y comunicativo, pues estas urbanizaciones no dejan de ser guetos, guetos de cierta opulencia, pero guetos al fin y al cabo. Es decir, y pienso que no estoy muy equivocado, creo que este tipo de hábitat proporciona un mayor grado de aislamiento social que lleva a las personas, aun de forma inadvertida, a un cierto grado de adustez, egoísmo e, incluso, a actitudes menos sociables y, en cualquier caso, poco o nada urbanas.

La felicidad de Múnich.

La felicidad de Múnich.

Bueno, dicho esto, es de cajón deducir que a los duendes nos gusta mucho vivir dentro de las ciudades o pueblos. Pues los hombres, en su mayoría (y los duendes, todos), somos seres que vivimos en comunidades y nuestra necesidad de roce humano y social es innata e irrenunciable. Y, qué duda cabe, es en las avenidas, bulevares, plazas, parques y calles de nuestras ciudades donde se produce ese contacto humano continuo, vecinal y agradable, donde se dan esos gestos cotidianos de urbanidad desinteresados y espontáneos que nos sacan una simpática y gratificante sonrisa y nos hacer ser el animal racional y civilizado que somos (aunque, en relación a vosotros, los humanos, habría mucho que discutir en este asunto).

Jaleo en la calle Sierpes de Sevilla: ¡Ozú, que maravilla!

Jaleo en la calle Sierpes de Sevilla: ¡Ozú, que maravilla!

Para qué lo vamos a negar, nos encanta cruzarnos con nuestros vecinos por las calles de nuestro barrio, en el quiosco, el súper, en la farmacia, las partiditas a las cartas o al dominó de las tardes con la peña o en el bullicioso bar viendo el partido de la semana con todos los forofos del barrio jaleando los errores del rival y voceando los goles propios; estos son algunos de nuestros pequeños placeres de roces ciudadanos. La mayoría de vecinos, y más si la ciudad es ya de una considerable amplitud, nos conocemos de forma superficial, pero es esa superficie amable, educada, simpática y amiga, una relación básica que nos exime del compromiso de juzgar y sólo nos ofrece (que nos es poco para los tiempos que corren) cordialidad vecinal: ¿Qué tal, Pablo, cómo está tu hijo? Ya bien, muchas gracias. Maruja, que macetas más bonitas. Gracias, mi cariño me cuestan. Hombre, Paco, cuánto tiempo, ¿cómo te va? No tan bien como a ti, truhán. Oye, Luis, me ayudas a empujar el coche. Pues claro, a ver si vamos retirando ya ese trasto.  O un simple, buenos días Duende, de nuestro quiosquero habitual, que no hace más que señalarse como una persona educada, de trato amable y que con este sencillo gesto se convierte en algo nuestro. Maneras cotidianas de relacionarnos de forma educada y correcta con nuestros vecinos que no nos cuestan nada y que es algo a lo que hay que darle su importancia (como la que ya tenía en tiempos de nuestros abuelos), pues sería una verdadera pena caer en unos modos introvertidos, ariscos y antipáticos que nos llevaran de forma irremediable a una impulsiva insensibilidad cívica. En fin, que el civismo, la buena educación y la amabilidad entre conocidos no son asuntos banales para este duende.

Calles de Londres.

Calles de Londres.

Las calles de nuestras ciudades, al contrario de las de las urbanizaciones residenciales en donde casi sólo se ven coches rodando y la mayor parte del tiempo permanecen desiertas, están vivas, en continua actividad y movimiento. En ellas vemos al policía dirigiendo el tráfico, a los niños jugando, a los jubilados (y no jubilados) curioseando las eternas obras públicas, una paraeta de vecinas con su carro de la compra en animada cháchara, dos jovencitas embelesadas antes un espectacular escaparate de moda, un sonoro coche anunciando un evento deportivo o un circo ambulante, a nuestro vendedor habitual del cupón al que ayudan a cruzar la calle y toda esta incesante actividad ciudadana nos hace sentirnos bien porque vamos caminando por nuestras calles y plazas integrados en nuestra ciudad, sintiéndola nuestra, contemplando sus escenas, oyendo sus sonidos y respirando sus aromas (y gases, vale) y, a su vez, sabiéndonos parte de ella. Y nos gusta. Nos gusta mucho, tanto que reconocemos que no sabríamos vivir en la soledad del estoico anacoreta (ni sufrir sus privaciones, claro) y preferimos, una y mil veces, ser ciudadanos, patricios o plebeyos, a cada uno lo que le corresponda según su valía, pero ciudadanos por siempre jamás.

Domingo de bulevar en Madrid.

Domingo de bulevar en Madrid.

Y luego está el propio y distintivo carácter de las calles, tan variado y singular como el de las propias ciudades. Están las muy céntricas y conocidas, de un claro predominio comercial, donde el metro cuadrado de local ha sido acariciado por el Rey Midas, con sus aceras anchas y sus luminosos y atrayentes escaparates repletos de todos los objetos más deseables y subyugadores que podamos imaginar, escaparates que nos hipnotizan para eternizan nuestros paseos, calles éstas donde se sitúan las mejores y más famosas tiendas de la ciudad: moda, joyerías, cosmética, zapaterías, deportes  y un largo etcétera, pues no terminaríamos nunca. Pero, conforme nos alejamos del centro, están esas otras calles más serenas e intimas, mucho menos transitadas pero que nos sorprenden con románticas escalinatas, balcones floridos, coquetas plazuelas, callejas y recovecos evocadores, casas señoriales con artísticos artesonados o escudos heráldicos en fachadas o, tal vez,  sorprendentes hallazgos de humildes comercios y hábiles artesanos que no pensamos encontrar en este extrarradio. Y también, explanadas al borde del mar, que nos invitan a pasear en buena compañía, disfrutando de la fresca brisa marina mientras nos llegan, de forma suave, melodías de las concurridas terrazas del paseo. Bulevares frondosos, frescos y sombríos, repletos de relajados paseantes y agradables cantos de pájaros, que crean una atmósfera de grata serenidad sólo rota por alguna simpática y graciosa algarabía de atolondrados juegos infantiles. Qué placeres más sencillos: ¡la contemplación sosegada y el lento tiempo del paseo!

El pan nuestro de cada día.

El pan nuestro de cada día.

Bueno, voy terminando por hoy. Aquí y ahora os muestro una selección de nuestras tarjetas postales ilustradas con escenas y motivos urbanos. Espero que disfrutéis tanto como este duende con ellas, fijaros en sus matices y pequeños detalles y, seguro estoy, os harán pasar un “ratico” agradable, porque sólo de eso se trata. Y, para terminar, únicamente querría mandaros un consejo que, en esta época nuestra de consumismo y gran autarquía cibernética, os podrá parecer fuera de onda y algo carca, pero como es una actividad muy grata, barata y antigua, no me puedo resistir (y como además os doy el consejo con toda mi buena fe y si añadimos que soy yo el que escribe, pues eso, ahí va): en lo días de buen tiempo, no renunciéis al humano placer de pasear de vez en cuando por la ciudad, por sus calles, plazas y jardines. ¡Descubriréis mejor vuestro entorno y aprenderéis a quererlo y valorarlo un poco más y mejor!

“Llegará un día que nuestros recuerdos serán nuestra riqueza más preciada”. Paul Géraldy. Poeta francés (1885-1983).