LA TARJETA POSTAL: SEVILLA.

Hola a todos.

Hoy nos vamos de turistas a una de las ciudades más bonitas del mundo.

LA TARJETA POSTAL: SEVILLA.

Lo malo no es que los sevillanos piensen que tiene la ciudad más bonita del mundo…lo peor es que puede que tengan hasta razón.” Antonio Gala, escritor español (1930-).

Hemos empezado diciendo “una de las ciudades más bonista del mundo” porque no queremos que nadie, los que no son sevillanos, que son unos cuantos, se nos molesten. Pero, desde luego, sí es Sevilla una ciudad para querer, de las que se llevan en el corazón, de las que, una vez se visitan, no se olvidan nunca y su recuerdo te acompaña siempre, produciéndote una sana envidia y, en la distancia, unas nostalgias melancólicas, mucho más acentuadas si además se es bético de pura cepa. Daremos unos pocos datos para situarnos.

Cartel de Sevilla

Cartel de Sevilla

Sevilla nació a la vera de un río navegable muy enriquecedor, el Guadalquivir. Y este río siempre ha marcado su singular personalidad y el porvenir de la ciudad. Hoy día, capital política y administrativa de Andalucía. Tiene una altitud media que está entre los 7 y los 10 metros sobre el nivel del mar. Según el censo de población del año 2013, cuenta con una población de algo más de los 700.000 habitantes, siendo la cuarta ciudad más populosa de España detrás de Madrid, Barcelona y Valencia. Su patrón es San Fernando y su patrona Nuestra Señora de los Reyes. Las horas de sol anuales están por encima de las 3.000 horas. Su temperatura media anual es de unos 18º; que sí, que tiene unos veranos algo tórridos (aunque para esto siempre han tenido los sevillanos ingeniosas soluciones que han mitigado bastante esta “calo” estival) pero el resto de estaciones son templadas y muy agradables. Y aunque las lluvias son escasas, unos 52 días de media al año, son suficientes para mantenerla verde, florida y guapa; además, ya se sabe, La Lluvia en Sevilla es una maravilla. El lema de la ciudad es la palabra NO8DO (el “8” aquí representa una madeja de lana o de cuerda y se puede interpretar por: no-madeja-do; no me ha dejado). Parece ser que proviene de la fidelidad demostrada por la ciudad al rey de Castilla Alfonso X El sabio, durante las guerras de sucesión con el pretendiente, su hijo Sancho, allá por el siglo XIII.

Viñeta de Antonio Hernández Palacios: Sevilla.

Viñeta de Antonio Hernández Palacios: Sevilla.

En fin, por todos estos datos expuestos, es fácil entender que la ciudad es idónea para la vida de los humanos (la buena vida, diría yo). Y, por si a alguien le queda alguna duda, que la ciudad es un trocito del cielo en la tierra lo avala su propia historia. Todos y cada uno de los humanos que han pasado a su vera ha querido quedarse aquí o poseerla. Su origen más antiguo lo encontramos en el mítico reino de Tartesso. Quiere este duende imaginar la cara de felicidad que se les podría a aquella primara tribu  de ibero que contemplaría desde alguna pequeña colina la fértil vega del Guadalquivir, no podían imaginar un sitio mejor para ellos, y allí fundarían el inicial poblado de Ispal. Y ya fue un sin parar. Fenicios y cartagineses, Roma (que la llamaría Híspalis y, desde el siglo III, la haría cristiana), visigodos, musulmanes, vikingos (dos veces quisieron estos bárbaros nórdicos lo que no era suyo: saqueos de 844 y 859), judíos y castellanos (desde el año 1248 pertenecerá a la corona de Castilla). Todos, sin excepciones, han ido dejando su impronta en la ciudad para llegar al día de hoy donde los sevillanos son el resultado de ese crisol de pueblos y culturas: son alegres, amables, creyentes devotos, amantes de sus tradiciones, trabajadores y nobles amigos (si te tienen por amigo, claro). Aunque los sevillanos también han sabido sufrir y aguantar su vela, como se suele decir: pestes devastadoras (1348),  revueltas de juderías (1391) o brutales represiones fascistas (1936), por mencionar alguna de sus calamidades. En suma, un pueblo forjado en una tradición multicultural pero que ha sabido endurecer su carácter en pruebas muy dolorosas y terribles (qué remedio). Así que, este duende, por sentido común, siempre preferirá tener a un amigo sevillano para compartir parrandas y jaleos que a otro enfadando, ofendido o resentido enemigo, ¡ya me cuidaré yo mucho!

Plaza de San Fernando.

Plaza de San Fernando.

Pero, después de estos párrafos introductores, a lo nuestro. Hoy se trata de, apoyado en nuestras bonitas tarjetas postales, hacer un poco de turismo por esta bella ciudad. Principalmente por su centro, que es lo más visitado, y por algunas de sus singularidades de extrarradio. Por último mencionaré algunos de sus festejos más populares y conocidos. Para hablaros del centro de la ciudad os tendré que hablar de dos barrios muy singulares y hermosos: el barrio de El Arenal y el barrio de Santa Cruz.

Viñetas de Antonio Hernández Palacios: Torre del Oro.

Viñetas de Antonio Hernández Palacios: Torre del Oro.

A la vera del río, el Barrio de El Arenal era, en su origen, un barrio extramuros, portuario y de astilleros, refugio de gente muy humilde y también de meretrices, pícaros y maleantes varios, carnes del trullo, vamos. Hoy, claro, es algo muy distinto. Recorriendo sus calles y avenidas podemos visitar muchos de los mayores atractivos de la ciudad. Empezaremos por La Torre del Oro, del siglo XIII. En la misma ribera del río se sitúa esta magnífica torre atalaya que estaba integrada al recito amurallado de la ciudad medieval. Hoy, singular obra de arquitectura Almohade, pero en su tiempo era torre gemela de otra ya desaparecida que se situaba en la margen opuesta de Triana. Entre ambas se extendía una cadena de metal que controlaba el paso a la navegación fluvial aguas arriba. Su nombre se debe, posiblemente, al recubierto de azulejos que originalmente la revestían o a los tesoros en ella almacenados de los rentables viajes a las Indias Americanas que aquí finalizaban. Hoy alberga un pequeño museo marítimo pero a lo largo de su historia ha tenido diversos usos: polvorín, almacenes, capilla, prisión u oficinas. Otro lugar a visitar es La Plaza Monumental de La Maestranza, comenzada a construir en 1761 y finaliza en 1881. Te gusten o no los toros (a este duende no mucho, la verdad. No los entiendo y, por esto, no los disfruto. Pero, eso sí, los respeto mucho por todo lo que significan para Sevilla, Andalucía o para España entera), este monumento es de visita obligada por su grandiosidad y belleza, o aunque sólo sea por honrar la memoria de tantas y tan buena figuras del toreo, personajes ilustres de nuestra fiesta nacional (siendo el más querido y recordado por este duende, el inolvidable José Álvarez, Juncal). Otros lugares de interés en El Arenal son El Museo de Bellas Artes, la Iglesia de la Magdalena, el teatro de La Maestranza o el Hospital de la Caridad. Y, cómo no, todo ello acompañado de paraditas imperdonables en tabernas, bares o restaurantes, para reponer fuerzas con exquisito jamoncito, viandas varias y finos olorosos. Vamos, que tenéis para entreteneros.

Barrio de Santa Cruz (I).

Barrio de Santa Cruz (I).

Ahora nos pasaremos a la zona del barrio de Santa Cruz. Éste era, antiguamente, el barrio de la judería. Un laberinto de callejuelas estrechas y sinuosas, llenas de color y fragancias de miles de flores, con patios frescos y acogedores e, igualmente, con decenas de lugares encantadores para degustar esos finos de Jerez y el jamoncito pata negra de los dioses, junto al degustar lácteo de sabrosos quesos de la tierra. Y aquí sí que tenemos una hartá para visitar. Empezaremos por la Catedral de Sevilla y su Torre de la Giralda. Construida sobre una antigua mezquita almohade del siglo XII, conserva de aquella época la torre de La Giralda (que era el antiguo minarete) y el patio de los Naranjos. Las obras del tempo cristiano se empezaron en 1402 y duraron un siglo. Es la mayor catedral de España y la tercera de toda Europa. Su estilo arquitectónico es de un hermoso gótico renacentista. Y, por si fuera poco esta belleza arquitectónica, el visitante podrá extasiarse a gusto y en avaricia con todo el arte que el templo alberga: la sacristía mayor (con obras de Murillo), tallas, forjas, capillas, retablo o la espectacular tumba del insigne navegante, el almirante Cristóbal Colón.

Vista desde el Huerto del Retiro.

Vista desde el Huerto del Retiro.

Ahora nos pasamos al otro hito turístico de Sevilla: el palacio de Los Reales Alcázares. Empezado a construir en 1364 por el Rey de Castilla Pedro I el Cruel y retocado posteriormente por Los Reyes Católicos, Carlos I o, incluso, muchos años después, por Alfonso XIII, el abuelo del actual Rey de España. Sigue siendo la residencia habitual de los reyes de España cuando acuden a Sevilla. Como aquel primer promotor, el rey Pedro I, se apoyó en arquitectos y artesanos nazarís y toledanos, este precioso recinto palaciego es una joya de la mejor arquitectura mudéjar, maravillosa y espectacular, que además nos ofrece sus frondosos jardines anexos. El visitante quedará extasiado con toda esta belleza de ensueños y fantasías: el salón de Embajadores, el patio de las Doncellas, el patio del Yeso, el patio de la Montería o los salones de Carlos I. Todo estos espacios nos ofrecerán unas sensaciones y un gozo visual insuperable y, desde luego, inolvidable. Otro lugares que hay que visitar sin excusa serían el Archivo de Indias (obra de Juan de Herrera, del siglo XVI), el Ayuntamiento y su adyacente calle Sierpes, la arteria comercial por excelencia de la ciudad, la Casa de Pilatos, con su precioso patio mudéjar o El hospital de Venerables Sacerdotes (con magníficos frescos de Juan Valdés Leal y de su hijo Lucas Valdés o las maravillosas escultura de Pedro Roldán). Todos estos lugares, con sus tesoros artísticos y sus encantos singulares, nos garantizan unas jornadas de visitas magnificas y enriquecedoras.

Convento de Santa Paula.

Convento de Santa Paula.

En la periferia de la villa tendremos que visitar los magníficos jardines de Parque de María Luisa, empezado a construir en 1893 para La Exposición Iberoamericana del año 1929, en la finca del Palacio de San Telmo. Con sus espectaculares y luminosas Plaza de España y Plaza de América (ambas del arquitecto Aníbal González, figura de referencia de la arquitectura regionalista andaluza), el Museo Arqueológico (arquitectura neorenacentista), el Museo de Artes y Costumbres Populares (de arquitectura mudéjar) o el Pabellón Real. Un agradecido recorrido por frescores de verdes sombras y cantarinas fuentes, un remanso de paz para los sentidos y para el andarín viajero en la tórrida Sevilla estival. También tendremos que visitar desplazándonos un poco del centro la Isla de la Cartuja, renovada, adornada y primorosamente acicalada para la Expo 92. Otros lugares a visitar serán La Basílica de la Macarena (1941-1949), el Convento de Santa Paula (1475), la Parroquia de San pedro (siglo XV) o la Real Fábrica de Tabacos (1771. Es el mayor edificio público de España después de El Escorial. Hoy forma parte de la Universidad de Sevilla).  Y por último, el popular barrio de Triana, en su día el barrio gitano de la ciudad. Situado a la ribera derecha del río, es un barrio hermoso, alegre, de balcones engalanados de tiestos floridos, e impregnado todo él de dulces aromas primaverales. En suma, es acogedor y digno de ver y recordar, además de estar excelentemente dotado de acogedoras tabernas y barecitos muy interesantes.

Semana Santa de Sevilla.

Semana Santa de Sevilla.

Y luego están sus fiestas, donde los sevillanos vuelcan y comparten su alegría y sus ganas de vivir o sus creencias más profundas. Primero, lo serio; su Credo y sus devociones: la Semana Santa de Sevilla. Un alarde popular, espectacular y de masiva participación ciudadana, de honda emoción y sentimientos irrefrenables, devociones profundas y desgarradoras y penitencias sangrantes de almas agradecidas, todo ello  para celebrar su sentida y sincera Fe cristiana. Se suele celebrar sin fecha fija pero siempre entre los meses de marzo y abril. Desde el Domingo de Ramos hasta el Domingo de Resurrección, podremos ver a más de cien pasos en espectaculares y majestuosas procesiones, acompañadas de cantos de desgarradoras saetas o respetuosos silencios sobrecogedores. Vista tanta grandiosidad, tanta sinceridad y devoción, en pleno siglo XXI, el siglo de la informática y de las frivolidades más triviales y ordinarias, uno sólo puede pensar que se trata de un auténtico milagro de Fe. Esta grandiosidad no es para contarla (y menos por este torpe duende agnóstico), es para verla y vivirla.

En la Feria de Abril.

En la Feria de Abril.

Pero, ah amigos, dos semanas después del Domingo de Resurrección: ¡Arsa, jaleo y olé!, la muy singular y deseada, La Feria de Abril. A la seriedad de la liturgia cristiana de la Pascua le sigue todos los años una explosión de alegría, bullicio y jolgorio generalizado. No hay fiesta más juerguista y maravillosa que ésta ¡en er mundo mundial, ozú! Durante una semana, en el Recinto Ferial, cuántos jamoncitos y litros de fino no se tirarán entre pecho y espalda estos alegres sevillanos y sus asombrados invitados, cuánto no lucirán sus espectaculares trajes de faralaes estas bellas y bailarinas muchachas (y no tan chicas, la verdad), cuantos orgullosos jinetes trotarán presumiendo de sus hermosas jacas ricamente engalanadas o cuantos zapatos no se estropearán en los incontables y trasnochados bailes por sevillanas. En fin, otra cosa de Sevilla que no es para contar. Otra fiesta muy renombrada de Sevilla es la fiesta del Corpus Christi, en mayo o junio, donde un grupo de muchachos ataviados con trajes barrocos danzan en el altar mayor de la catedral: son los populares Seises.

¡Olé tu grasia y salero! ¡Sevillana bonita!

¡Olé tu grasia y salero! ¡Sevillana bonita!

Bueno, como podéis notar, Sevilla no se ve en un día, ni en una semana, ni, dicen algunos, en toda una vida. Pero los sevillanos, en cuanto a su ciudad se refiere, no tienen nada de especial que no tengan otros humanos: quieren con sincero amor a la ciudad que los ha visto nacer, la cuidan, adornan y miman con cariño. Y, claro, en cuanto tienen ocasión, les gusta lucirla y compartirla con todos los visitantes que vengan como gentes de bien. Aquí, la buena gente siempre será bien recibida y tratada con amabilidad, pues el sevillano es por naturaleza generoso y cordial. Eso sí, para poder merecer ese trato amigo, antes, el visitante, tendrán que manifestar a todo sevillano que se lo solicite y a viva voz que… ¡Sevilla es la ciudad más bonita del mundo!  Qué menos.

Sevillanos de palique.

Sevillanos de palique.

Quiero recordar una conversación que este duende tuvo con mi amigo -y del gran Juncal-, “Búfalo”, simpático gitanillo de Triana, honrado limpiabotas de profesión:

Búfalo: ¡Pero qué me dise usté! ¡Que no conose Sevilla! Mira, enano (ojo, lo dijo con una media sonrisa de simpatía en el rostro, sin ningún ánimo de molestar y con cariño de amigo. Que quede claro), igualito que los americanos tien su niuyor, los gabachos París y los moros La Meca esa, los españoles tenemos a Sevilla. Y ningún español que se presie de serlo debería morirse sin haber venido, por lo menos una vez en la via, a visitar la hermosa Sevilla y así poder hasercarse a ver alguna tarde de gloria del maestro Juncal en la grandiosa plaza de la Maestranza.

A lo que este avergonzado duende sólo le quedo responder: Cuanta razón tienes, Búfalo. ¡Toooomo nota!

Bueno ya, hora sí, para terminar y como nos hemos contagiado con esta sana alegría tan bética, nos vamos cantando…

Sevilla tiene un color especial,

Sevilla sigue teniendo, su duende 

Me sigue oliendo a azahar,

me gusta estar con su gente…”

Estribillo de la popular canción de Rafael Romero Sanjuan (1948-2005).